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PROJECTE DOCUMENTAL MIQUEL GRAU

En Alacant el mataren

 

Una sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a ningún ciudadano

                                                              Margalit

 

Sobre el blog

La etapa que iba a traer la democracia en España no fue sino una prolongación del franquismo, un período de violencia indiscriminada que causaría heridas profundas en quienes vivieron aquella época. Pero también en quienes la recibieron como herencia.

Durante la Transición española se extendió por el país la represión, se mantuvo la censura y se reafirmó el silencio con el fin de esconder los hechos dramáticos y miserables del pasado. Efectivamente, el daño y el dolor sufrido en aquellos años ha llegado hasta nosotros como un peso enrome, incómodo, y a veces insoportable.

A Miquel Grau lo perdimos un día de 1977. Sucedió en Alicante, pero no se trata de un suceso aislado. Constituye un caso más de asesinato por odio e intolerancia, y una razón más para llevar a cabo este proyecto.


El objetivo es, en definitiva, rendir homenaje a Miquel y a todas las víctimas de la Transición, así como romper silencios, despertar preguntas y transmitir emociones, dando voz a la educación, la música, el arte, la literatura o el periodismo y, cómo no, a la Historia misma.

La meta final és gravar un documental audiovisual amb totes les col·laboracions, amb materials escassos però suficients, un poc de creativitat i molt de sentiment.

 
 
  • Maëla Sanmartín

Vientos que arrastran memoria. Vents que arrosseguen memòria.


Un vendaval que agita el mar.

Una ola que baña la tierra.

Una huella que se imprime en la arena húmeda.


La tierra y el mar.


La tierra de Alicante es áspera, seca, desgastada… pero sus raíces son resistentes.

El mar de Alicante es inquieto, nervioso, intranquilo… pero sus aguas tienen memoria.


Aunque se haga la noche oscura, aunque cien barcos surquen sus aguas, aunque mil personas se debatan entre la vida y la muerte intentando cruzar sus aguas, el mar permanece enérgico. Activo, siempre despierto. Y si nos acercamos a su orilla, podremos oír un murmullo, un susurro. De él escapan melodías, pero también historias. Algunas con sabor a sal, otras profundamente amargas.


Y cuando sopla el viento, esas historias se filtran por las grietas de las paredes de las casas, por las rendijas de las puertas y las ranuras de las ventanas. Solo algunos se paran realmente a escucharlas. Algunos las perciben, solo en ocasiones, como una brisa suave. A otros les llega como una corriente de aire continuo, a veces estremeciéndolos, provocándoles escalofríos. Pero otras personas recibimos las historias como fuertes vendavales, vientos intensos que remueven y violentan nuestros cuerpos, que nos arrastran, y que agitan nuestras conciencias.


Algunas de estas historias no vienen de tiempos lejanos, no narran hechos del ayer. Las percibimos muy recientes, las sentimos presentes, por más que relojes y calendarios quieran declararse supuestos jueces del tiempo.


Si aprendiésemos a escuchar lo que el viento nos cuenta, entonces nos volveríamos de sal y arena. Conoceríamos el sabor de nuestras aguas amargas, y el tacto de nuestras raíces agrietadas, y entenderíamos el porqué de la tristeza de nuestra tierra, de la rabia de nuestro mar, y del dolor de nuestro tiempo.


_ _ _



Las heridas, si no se curan, perduran durante el tiempo, y se heredan, por más que los que ahora las sufrimos no hayamos sido testimonios de aquella época, por más que no hayamos conocido directamente a sus protagonistas.


En España, las heridas son abundantes. La violencia indiscriminada de la Transición dejó en el país una serie de heridas y señales imborrables que provocaron la sequía de nuestra tierra, hicieron amargo el sabor de nuestro mar y convirtieron brisas en intensos vendavales.


Si por alguna razón he decidido escuchar el viento, es porque aún hay historias que silban con fuerza y gritan por ser escuchadas. Porque las voces de los que vivieron aquellos años trágicos fueron en algún momento acalladas, y muchas de ellas no llegaron a emerger, por lo que todavía flotan sin rumbo, esperando que alguien las escuche y decida entonarlas por ellos.


Prestemos atención a estas voces, escuchemos con atención lo que nos tienen que contar, y hagámoslas nuestras, para que dejen de ser susurros y se conviertan en canto y gritos en el aire.




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